Garganta

– Estoy listo.
– OK, vámonos.

Él tomó las llaves del carro y del candado del garaje. Le dio un pedacito de arepa que quedó del desayuno para distraer al perro un rato breve. Salieron y cerraron la casa. Llave. Doble llave.

Él sacó al perro del garaje y ella le dio la arepa para distraerlo. Claro que la engulló, es natural, un labrador enorme y siempre hambriento hizo lo propio con la masita de maiz frita. Mientras, él revisó los marcadores de aceite del carro. Todo parecía en orden por lo que abrió la puerta del garaje y encendió, pero al intentar retroceder, costó.

– Pero tiene aceite.
– ¿Revisaste la caja?
– …

Dudando, se bajó. Abrió la tapa del carro, andando. “Marca, pero le falta un poco.” “Busca en la maleta, hay un litro en la parte de atrás.” La reja abierta. El capó abierto. Él, aceite y embudo en mano.

Y de pronto, entró corriendo. Él vio como la sombra de algo pasar muy rápido. Hasta el fondo del garaje. ¿Un joven? ¿Qué pasa? ¿Nos van a robar? La sombra se devolvió. Un joven se paró frente a la trompa del carro y amagó. El tubo de escape seguía echando humo.

El perro chillando como loco. Ella viendo todo, su expresión desdibujada. Él, aceite y embudo en mano.

“¡Pana, escóndeme! ¡Me quieren matar! ¡Me van a matar!”

La tapa del carro abierta.

– ¿Qué pasó?
– ¡Me están buscando! ¡Me van a matar! ¡Escóndeme! ¡Me quieren pegar un tiro!
– Yo voy saliendo.
– ¡Llévame contigo!
– No. Voy saliendo. Agáchate ahí, escóndete.

Se acercó a la trompa del carro mientras adquiría más detalles: un joven delgado y bien vestido hacía lo que se le había dicho, muerto de miedo. Respiraba rápido tras la carrera, olía a terror. Los miraba sin foco. Ella mantenía la vista fija en ese joven a la vez que calmaba al perro que aullaba buscando brincar la cerca y correr hacia el garaje, a proteger su territorio, a su familia. Unos vecinos reparaban un carro justo frente a la casa y miraban curiosos la escena.

– ¿Qué pasó?
– Es que yo estaba discutiendo con mi novia, yo sólo la agarré por el cuello. ¡Yo sólo la agarré por la garganta! ¡Y su hermano me fue a buscar! ¡Tenía un arma en la mano! ¡Me van a matar! ¡Yo sólo tengo 19 años! ¡Por eso salí corriendo!

Acto seguido el joven rompió a llorar. “¡Yo trabajo en la barbería de la otra cuadra, por aquí mismo!” Todo seguía confuso. “Cálmate amigo, OK, escóndete.”

Él puso el embudo en posición y vertió el aceite de transmisión. Medio litro. Movimientos precisos. Ella no dejaba de verlo y vigilar al perro, que seguía intentando saltar la cerca y de hacerlo se podía lastimar.

El joven atropellaba las palabras y su historia no se entendía bien. Para afianzar la veracidad de su relato, abrió un bolso que llevaba consigo. “¡Mira, yo le estaba llevando champú!” Sacó la botellita. Rolda. Era en efecto, una jarrita de champú. “Tranquilo, pana, yo te creo”.

El joven permaneció agazapado y se secó las lágrimas mientras él guardaba el aceite remanente y cerraba la maleta del carro con una tranquilidad que espantaba. ¿Cómo podía estar tan tranquilo? Al momento pasó una camioneta blanca, como de policía pero sin ningún estandarte de fuerza de seguridad. Se asomó un calvo vestido de naranja a preguntar por el joven. Él les indicó que siguió corriendo calle arriba. La camioneta siguió andando, el conductor agradeció.

– Me están buscando…
– Amor, tráele agua por favor.

Ella entró a la casa por un minuto y volvió con el agua. El joven bebió un poco y se calmó. Había empezado a llorar después de que la camioneta se había ido. Sacó un celular. “Venme a buscar. Estoy en una casa subiendo por… Sí, por ahí, ajá, por aquí mismo. Venme a buscar”.

– Viene un Toyota por mí. Están cerca. No me dejen aquí.
– Quédate escondido.

El perro iba y venía. Cada tanto intentaba de nuevo en la cerca sin éxito, ella lo bajaba y lo calmaba. Los vecinos revisaban su carro pero siempre volteaban a mirar. Todos con la respiración a medio andar y los músculos listos para saltar. Un carro dobló la esquina. No era el indicado. Otro. Tampoco. Una furgoneta de una empresa de encomiendas se estacionó frente a la casa y el chofer preguntó de nuevo, si no había pasado un joven corriendo por ahí. Sí, siguió para arriba. La furgoneta se fue. El joven seguía nervioso. La reja seguía abierta.

Cerró la tapa del carro. Se dio la vuelta y se asomó hacia la calle. Pasó un carro que cumplía con las características. Silbó durísimo y llamó para que volviera. Al ver al conductor reconoció a un vecino de toda la vida, uno de los dueños de la barbería. Eso lo tranquilizó un poco.

– Ya vinieron por ti.

El joven tomó su bolsito. Intentó entrar en el puesto trasero. El conductor le reprochó. “Marico, pero siéntate adelante”. El joven rodeó el carro, abrió la puerta y antes de entrar, gritó:

– ¡Muchas gracias, pana!

Acerca de saraceci

I absolutely love Radiohead, except for "Creep". I'm conscious of how dangerous life can be, and yet I have no idea of how unbelievably dangerous it can get.
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