¿En qué estás pensando?

[Como es habitual, una pequeña nota introductoria a un escrito que quizás sea de lo muy poco que produciré en 2016. Como es poco habitual, en esta oportunidad la nota no será explicatoria de por qué ya casi no escribo. Simplemente me lanzaré a poner en contexto la situación y a arrancar la riposta.
Estaba revisando una de mis redes sociales, y leyendo a uno de mis contactos, me entero de una nueva forma de violencia hacia los ya vilipendiados médicos venezolanos, o mejor, a todos los trabajadores de salud. No daré detalles porque dicho hecho no ha sido confirmado (probablemente nunca lo sea, porque eso ya es lo normal cuando de atropellos se trata), pero para los fines de este escrito, tampoco hacen falta muchos. Dicho todo esto, decidí desahogar algo que ya tengo bastante tiempo diciéndole a mis compañeros de trabajo, palabras que se estrellan contra las caras incrédulas y los “no vale, ¿tú crees?”, pero que yo no dejaré de repetir, porque lamentablemente, a veces el sentido del servicio, la vocación o la dedicación nos ciegan ante las realidades y las muy reales posibilidades de sufrir como consecuencia de ejercer nuestras carreras “como sea”.
Bien, pues, a continuación, el escrito.]
Pensando en las condiciones en las que trabajamos en el sector salud. Las DEPLORABLES condiciones, que nos dejan además en un estado absoluto de impotencia e indefensión. Las IMPRESENTABLES condiciones en las que somos también objeto del más ignorante de los odios y reconcomios, el más divisor de los discrusos, el más atemorizador de los objetivos.
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Como médicos o enfermeros o personal de salud en general, estamos comúnmente avocados al apoyo de nuestros pacientes. Delegada en nosotros la resposabilidad del cuidado de nada más y nada menos que sus vidas, en mayor o menor medida. Confiando en que nuestra dedicación, junto con vocación, entusiasmo y preparación académica y humana, nos harán los mejores candidatos para llevar a cabo la delicada tarea de batallar contra un mal, y de ser posible, sacar de las fauces de la muerte todas las vidas humanas que nos sean posibles, a corto, mediano o largo plazo. También confiando en todos esos atributos que, llegado el momento final, nos volverán ese imprescindible apoyo y guía en tiempos turbulentos.
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En Venezuela, pasamos por ambos extremos del espectro: hoy somos ángeles de la guarda a quienes nos agradecen enormemente todo lo que hacemos por y para nuestros pacientes, y mañana somos demonios egoístas, peseteros mercenarios, capitalistas asesinos que nos robamos los insumos hospitalarios para revenderlos en el mercado negro, o negamos la atención médica por el estrato social de un paciente. Así de disparatadamente separados son los límites de la percepción general del ejercicio en la salud venezolana.
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Siendo este absurdo parte de la cotidianidad del discurso, no es irracional que en medio de todo, salpiquen hechos impensables como el que acabo de leer, que no repetiré a fin de no iniciar una matriz de opinión en base a un hecho sin confirmar, un rumor de pasillo. Pero lo que busco resaltar, en esta oportunidad, es nuestra inmensa vulnerabilidad en medio de toda esta crisis de salud. Una crisis sin precedentes en la que la falta no es sólo de insumos, sino de ganas de resolver. Una crisis producto de una inmensa corrupción y una aún mayor indolencia, negligencia y desidia, que fueron los pilotos, motores y gasolina de este inmenso desastre. La destrucción calculada y sistemática de un sistema público ya golpeado por políticas ineficientes y un progresivo estancamiento incapaz de acompañar el crecimiento demográfico del país en las últimas décadas.
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Es lógico asumir que el primer y más afectado por cualquier crisis es siempre el vínculo más vulnerable de la cadena. En el caso de la salud, ese vendría siendo el paciente. Además de estar en el contexto venezolano, el paciente venezolano es una especie de mezclote de baja escolaridad, histrionismo, déficit de atención y enanismo emocional. Es sumamente dependiente de su equipo de salud, de que todos “hagan las cosas bien”, para poder evolucionar satisfactoriamente la mayoría de las veces. No debería depender también de escudriñar por todos lados buscando lo necesario para que el equipo pueda hacer las cosas bien, eso ya debería estar ahí, proporcionado por quien corresponde. En nuestro caso, el proveedor no es otro que el régimen.
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El problema, es que gracias a la crisis, los insumos e instrumentos más básicos, para atender la emergencia más “pendeja”, dejaron de existir hace tiempo, y todos los días se suman más y más insumos de cada vez mayor jerarquía la ecuación. Ya no es solamente el “Jelco” para una venoclisis, ahora también es el tubo orotraqueal para intubar a un paciente que se someterá a anestesia general para una cirugía mayor (y si es una emergencia, rezar para que en algún rincón del hospital aparezcan los ingredientes necesarios para poder proceder con la cirugía). Ahora también es la insulina, la adrenalina, la dopamina, la difenilhidantoína, el diazepam, la atropina, por nombrar algunos. Cuidado un día de estos hay que pedir una planta eléctrica para poder poner a andar un ventilador mecánico o un desfibrilador. En medio de todo este caos, cierto, está el paciente, cuya vida también depende de: 1. Su capacidad de resolver. 2. La cooperación de sus familiares y conocidos. 3. Su bolsillo (y el de sus familiares y conocidos).
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Pero además del paciente, aunque Ud no lo crea, también está el equipo de salud sumergido en todo esto. Porque cada vez que uno decide “resolver como sea”, se juega el destino. Y gracias a esa capacidad inventiva y creatividad ilimitada, la mayoría de las veces los inventos como una trampa de agua con botellas de agua mineral, salen bien. Mientras salgan bien, se siguen haciendo. Y mientras más creatividad haga falta, más creatividad se desarrolla. Entonces uno ha aprendido a tener un bolsito de emergencia, para cuando fallen los suministros. Y en ese bolsito se llena de acuerdo a las necesidades de su dueño. Si es una enfermera, probablemente tenga elementos básicos para poder “tomar una vía” lo más rápido posible. Si es un interno, pues elementos para resolver suturas, tomas de muestra, y procedimientos que sepa hacer. Si es un residente, el contenido del bolso irá más acorde con su especialidad. Pueden ser medicamentos, instrumentos, elementos varios. Todos a ser aplicados al paciente que llegue en un momento de inmediatez en la que no se permitan los lapsos ni los “no hay”. Porque no poder resolver porque “no hay” no es argumento suficiente en un tribunal cuando el juicio es por negligencia. Además, no es argumento moral cuando el juicio es ante uno mismo.
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La crisis se agudiza. La escasez de insumos es cada vez peor. La solicitud a los pacientes ya no es solo de insumos para un procedimiento electivo, sino que si se presenta una emergencia durante dicho procedimiento, ya no hay como resolverla. A menos que los rezos sean realmente efectivos. Ahora es que nos daremos cuenta. Pero entonces, ejercer en medio de todo este caos, nos deposita en un estado de indefensión atroz. Al no asumir su cuota de responsabilidad del deterioro de la salud venezolana, que ronda un 99%, el régimen (que insiste en decir que gobierna pero que realmente destruye al país) básicamente nos obliga a nosotros a darle la cara al paciente y a ser el receptáculo de todas las consecuencias psicológicas, económicas y sociales del naufragio. Y a ser entonces objeto de violencias, de vejaciones y difamaciones, por nuestra voluntad de resolver por el paciente. Porque nos debemos al paciente, pero nadie se debe a nosotros, a nuestra protección. Porque si consiguen en un bolsito de emergencia una ampolla de un medicamento escaso o desaparecido, entonces no se premia por capacidad de resolver, sino que se coloca una etiqueta: ladrón. Pero si el paciente fallece por no poder aplicársele un medicamento, o tomársele una venoclisis, el o los responsables no escaparán de los estigmas de negligencia e incapacidad.
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Debemos entender que por mejores intenciones que tengamos al atender a nuestros pacientes, en el momento que asumimos el compromiso, también asumimos la responsabilidad de nuestro ejercicio sobre su vida. Si aceptamos atenderlos en estas condiciones que nos obligan a hacer maromas en la delgada línea de atención y malapraxis, estamos aceptando las posibles consecuencias negativas de dicha acción. Si no responsabilizamos a quien debemos por la dotación de nuestros centros, estamos permitiendo que quede en tela de juicio la calidad de nuestro trabajo. Y lo que es peor, al seguir trabajando de esta manera, “resolviendo”, básicamente los eximimos de su responsabilidad con los pacientes. Eso es complicidad con la sinvergüenzura. Creo que es la peor parte.
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Sin dejar de lado la devastación psicológica que recorre al gremio de salud, al no poder brindar un buen servicio, hacer un buen trabajo, tener buenas expectativas o atender en un centro en buenas condiciones.
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Ciertamente escogimos un camino precioso. No hay algo más reconfortante que dar vida, devolverla, recuperarla o mejorarla. Pero no debe ser a expensas de nuestra salud, nuestro bienestar ni nuestra autoestima. Ni mucho menos de nuestra libertad. Nuestro ejercicio es una tarea cuya dignidad es mantenida por quienes la ejercemos, defendiéndola de factores externos que puedan abatirnos. Nuestra obligación trasciende el juramento hipocrático, el primum non nocere, porque no es solamente no hacer daño a quienes atendemos, sino no dañarnos a nosotros mismos.
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Nos ha tocado un momento histórico nefasto, oscuro, enredado, pero nos ha tocado un momento histórico de renacimiento, de rejuvenecimiento, de reconciliación con nuestro compromiso. De unificación y sinceridad. Honestidad. Depuración. Recuperar nuestra posición como pilar fundamental en la sociedad. Un pueblo enfermo no progresa. Un pueblo malnutrido, desatendido, no construye un país. Pero un personal de salud que todos los días pende de un hilo, desanimado, y desprotegido, no trabaja bien. Bajo amenazas no se trabaja ni se aprende. Bajo hostilidades solo se responde con hostilidad.
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Propongo que nos demos la tarea de asumir la reunificación del sector y plantarnos frente a los causantes de la crisis para EXIGIR soluciones rápidas. Dejar de resolver por resolver. Al final, esa posición no ayuda a nadie, porque la causa del problema sigue desatendida. Y nosotros seguimos a merced del azar, para poder seguir ejerciendo. Por eso, siento que hay que replantearse el problema para no seguir girando el círculo vicioso. Eso no es justo para nosotros ni para los próximos profesionales por venir, hoy en “formación”, aprendiendo conductas desesperadas porque no es posible “hacer las cosas bien”.
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No estamos abandonando el compromiso, estamos siendo más fieles que nunca a él.
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Acerca de saraceci

I absolutely love Radiohead, except for "Creep". I'm conscious of how dangerous life can be, and yet I have no idea of how unbelievably dangerous it can get.
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