Memoria (i)

Le falla en algún momento de la memoria. No sabe exactamente donde, cada esquina que dobla día tras día es una traición diferente. Por lo mismo, siempre quiere olvidar, para siempre si es posible, pero nunca ha sido su mente, un artificio complaciente de los deseos de su corazón.

Despertó esta vez en el sillón que acompaña a su cama en el cuarto, apertrechada en el cojín, sus muslos contra su pecho desnudo, sus pies fríos colgando del borde del sillón. Su mano izquierda atajando a su cuerpo entero en el antebrazo derecho. Los ojos enrojecidos. La noche de insomnio ingrato la golpeó duro esta vez.

Siempre es lo mismo. Se da un baño con agua de jazmín para tranquilizarse, con una vara de incienso de lavanda inundando la habitación al lado, preparada para acogerla como los brazos de su madre, el pecho de lavanda de su madre. Las lágrimas escapaban en silencio, ya sabía llorar sin parpadear, solamente a la hora del baño. Esperó a que su piel se arrugara un poco en los dedos, señal del fin de otra de las rutinas en las que había acomodado su vida después del ataque final. Recordó el frasquito, las tabletas. Luego sacudió la cabeza y terminó su baño.

Salió desnuda de la tina, sin temor a ser vista por alguien en la casa, pues sólo la acompañaba un gato sigiloso que la esperaba siempre acurrucado en las almohadas de la cama. Secó su cuerpo distorsionado y lastimero, de niña que alguna vez fue hermosa, colocó unas gotas de aceite perfumado en su cuello y se preparó para dormir, aunque fueran unos minutos. Ya le habían dado el alta médica con las instrucciones para conseguir una consecución de noches de buen dormir hasta la próxima visita.

Ella recordaba uno a uno los pasos de esa rutina, porque la ayudaba a mantener su mente alejada de esa noche. Al levantarse, debía cepillar su cabello hasta conseguir que brillara bajo el sol. Luego, tomaría un vestido lindo, distinto cada día, y acomodaría sus ropas para el paseo diario por el vecindario. Si lo hacía bien, tenía permitido aventurarse cada vez más lejos. Ella lo tomaba como un reto de autoevaluación, porque estaba convencida de que nadie la miraba, ni la espiaba. Nadie daría fe de su progreso o su regresión. Así que, si lograba dormir unos minutos, al día siguiente caminaba un poco más lejos, casi hasta el final del pueblo, y regresaba. Cuando no dormía, salía a caminar muy cerca de casa, culminaba rápido y se encerraba de nuevo hasta el día siguiente.

Al llegar a casa de la caminata matutina, preparaba un platillo distinto cada día, para complacer los caprichos de su paladar (con cuidado de no excederse, no quería mal acostumbrarse). El día antes había comprado unos lindos champiñones que lavó y cocinó con cariño, para comer con unas tiras delgadas de pasta y un poco de queso acompañando al platillo. De beber, siempre agua fría. A veces, perfumada con gotitas de limón. Luego, respondía cartas o continuaba escribiendo su novela, una novela de nunca acabar. Siempre que retomaba la máquina de escribir, pensaba en otras mil cosas que escribir.

Luego de escribir, podía bien tomar una siesta o llamar a alguien con quien quisiera conversar. Pocas veces, el teléfono era descolgado. Su cama, sin embargo, pasaba el día con sábanas revueltas, y un gato entre sus almohadas. Siempre dejaba los ventanales cerrados, eventualmente separaba las cortinas para que el gato supiera cuando saliera el sol, aunque esto traía al gato siempre sin cuidado. Ponía un plato fresco de comida y agua para el gato, que solía comer cuando ella salía a pasear por la mañana. Y por último: el baño.

Recordaba el baño como un momento de quietud, Recordaba siempre a su madre. Las manos de su madre. Reía en sus recuerdos, mientras un ardor se asía de sus ojos y un imposible dolor caliente recorría sus huesos. Sus padres, lejos, habían desistido de amar a su hija cuando ella empezó a colapsar sobre sí misma, como un capullo que marchita antes de abrirse. La dejaron en el hospital cuando no pudieron hacerla llorar más. Ella los extrañaba cuando era un motivo de felicidad. Lo demás no puede ubicarlo en su memoria. El momento en que todo cambió. La traición.

Al culminar su baño, envolvía su cuerpo en perfumadas toallas y colocaba gotitas de lavanda en su cuello, como tantas veces habría visto hacer a su madre, coqueta y refinada, pura, marmoleada, eterna. Ella nunca desistiría de su aceite de lavanda, sin importar la edad o la situación económica, pensó. Luego, comenzaba la prueba de fuego. Iba a la cama, a dormir sin tranquilizantes, sin facilitadores potencialmente mortales. Temiendo lo peor, colocaba su cuerpo sobre las revueltas sábanas, y la cabeza en la almohada de su gato, al que buscaba con el tacto por la extensión de la cama para acariciar hasta el sueño o el alba.

La ventana siempre estaba cerrada.

Era el momento de la visita, ese momento. Los fantasmas de su presente y los dolores de su pasado se amontonaban para reclamar de ella la debida atención y el tiempo necesarios. Ella los disecaba uno por uno, siempre advirtiendo los más banales, para satisfacerlos rápidamente y esperar que así se le fueran las horas de la noche y los pesos en el alma. Los más recientes y livianos siempre daban menos pelea, ella triunfaba con facilidad. Los más antiguos, por lo antiguos, ya eran parte de su memoria y no podía deshacerse de ellos con facilidad. La impulsaban a hacer locuras, a desobedecer las órdenes de los médicos, a evocar el momento de la traición. Siempre era un rostro, o una frase, o un lugar. Siempre era suficiente, con una pizca sensorial.

La noche del insomnio, vio la casa de su infancia. Pero no solo la vio. Entró en la casa, ambuló por ella, escuchó sus pasos pesados en la madera antigua y olvidada, mientras la invadía un olor a moho y sangre. No sabía por qué ni cómo había llegado a ese lugar tan desolado. Ahí los había encontrado sin vida esa horrible noche, en la que le avisaron en el sanatorio, de la tragedia de sus padres. No quiso continuar andando, el dolor era muy agudo. Gritaba, sin sentido sus palabras, alaridos viscerales que la destrozaban por dentro, quebraban sus defensas. Recaía, lo sabía, lo sentía. Se dejó escapar, y sin querer hacerlo. Gritaba horrorosos gritos, mientras se agitaba sobre la cama cada vez más. Rasgó la blusa azul de su pijama, un regalo de una de las enfermeras del sanatorio el día que salió en libertad relativa. Corrió hacia la ventana, la abrió de par en par. Corrió hacia el balcón y se apoyó firme de la baranda.

Quería saltar. Acabarse. No sentía su corazón latir ya. Sólo un sordo llanto y un eventual maullido se conectaban con sus oídos cerrados a todo lo demás. Vio el vacío de la madrugada desde el balcón, una noche sin luna, con nubes escondiendo a las estrellas. Colapsó sobre sus rodillas y lloró un rato largo, que solo fueron minutos en tiempo de los hombres. Para ella, la tortura sería eterna. No quería vivir en un mundo de tanta envidia y dolor. No quería recordar. Entró de nuevo al cuarto, cuidando de cerrar el ventanal tras ella, caminando hacia la mesita de noche. Abrió la gaveta y sacó un frasquito con una etiqueta breve: “XXX”. Ella lo sabía, era parte del reto. Deben tener las tabletas contadas, pensó.

Miró un rato el frasco, oscuro, escandaloso. Lo agitó un poco. “XXX”. No quieren que tome esto, porque será como la vez pasada. Pero no aguanto más. No quiero más esto. La decisión siempre estuvo tomada. Llevó su mano a la tapa del frasquito, pensando en los dos maravillosos meses que había vivido en esa casa, pudiendo dormir. Giró la tapita y la dejó caer al piso. El gato abandonó la habitación, despreciando a su dueña por haberlo despertado con semejante alboroto. Inclinó el frasco como si fuera un ánfora de agua, su mano derecha preparada abajo para recibir la ofrenda. Una tableta azul se avalanzó sobre su palma sudorosa. Y sin pensarlo, la tomó. Luego, se sentó en el sillón del cuarto a esperar.

En la mañana siguiente, muy temprano, escuchó unos pasos pesados acercarse a la puerta de su apartamento y tocar la puerta. “Señorita, está bien? Nos llamaron durante la madrugada, una vecina escuchó sus gritos anoche. Puede abrirnos la puerta? Necesitamos hablarle. Sabemos lo que ha pasado.” Ella respondió, tranquilamente, con la mirada absorta, pensando en su gato, “giren la manilla, por favor.”

Los hombres entraron y comenzaron a mirar todo alrededor, complacidos por la nitidez del apartamento, todo en orden, todo cuidado, todo idealmente. Sabían que ella nunca se recuperaría, porque no se sentía a gusto fuera del sanatorio. Uno de ellos, de mediana edad, alto y de lentes, lucía una cara de verdadera preocupación, y quería encontrarla tan pronto como pudiera. Avanzó más rápido que los otros, aún maravillados por la nitidez del apartamento. Buscó la puerta del cuarto, y la descubrió abierta. Miró al suelo y descubrió la tapa del frasquito.

La miró a ella, triste, distraída, lejos de todo. Ella no sabía lo que pasaba, escuchaba poco, veía borroso, con la lengua hecha un lingote de cemento. El aire que respiraba ya no tenía perfume de lavanda.

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Acerca de saraceci

I absolutely love Radiohead, except for "Creep". I'm conscious of how dangerous life can be, and yet I have no idea of how unbelievably dangerous it can get.
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