Venezuela Crónica (Pt. II)

Siguió un Geógrafo con estudios sobre planificación urbana. Mientras lo evaluamos, indagamos un poco sobre su profesión, por curiosidad y para relajar al paciente, distrayéndolo (en la medida de lo posible) del hecho de que estaba siendo jorungado por dos médicos. Nos contó que es imposible urbanizar los barrios venezolanos, que habría que desmontar todo ese sistema de “ranchos” y trasladar a sus habitantes a centros realmente urbanos, planificados, con vialidad, servicios públicos, seguridad, etc. Uno a donde mire, en Caracas, estrella su mirada en montañas de la Cordillera de la Costa. Y en esas montañas, encuentra que mucho verde ya se perdió bajo la arcilla de las precarias casas que parecieran colgar de hilos imaginarios tendidos por algún perverso, desde el cielo. Ahí habitan miles, millones ya, quizás, de personas, muchas veces apiñadas de a 10 en espacios no mayores a 5 mts2. Serpenteados por callejuelas estrechas que dan paso apenas a un cuerpo humano, que son recorridos por personas cargando tobos de agua, bolsas de comida, material de trabajo, hijos, armas, drogas, ilusiones, (des)esperanza. Uno no consigue imaginar lo que puede vivirse en ese lugar, pero rápidamente pudiera concluir que no debe ser un lugar agradable donde vivir. Yo voy más allá, y deseo para esa gente, se pudiera cumplir la ilusión de que vivieran un poco mejor y pudiéramos devolverle también un poco de verde a la ciudad.

Terminada la jornada, me dirijo a casa, esta vez tomando un costosísimo taxi. El transporte público se ha vuelto peligroso, asaltan a las unidades a mano armada y despojan a los usuarios de pertenencias (a veces accionan las armas y arrebatan vidas). Juego a las escondidas en el asiento trasero del auto, pasando los seguros de ambas puertas, luego osando sacar mi celular de su guarida en mi bolso para revisar los mensajes pendientes. Converso con el taxista sobre “la situación”, como ha sido bautizada. Siempre, el tono de inconformidad. De desesperación. De “arrechera”. La gente pareciera estar molesta. El taxista me pregunta si conozco el crimen de la joven de 21 años asesinada hace unos días en el este de la ciudad por un mototaxista. Al oír mi negativa, relata escuetamente la historia. Yo hubiera querido llorar, pero al haberme acostumbrado a sobrevivir la violencia indetenible, ignorada y hasta respaldada por los entes responsables de controlarla, el crimen sólo me impactó un poco. Luego el chofer conversó sobre otras cosas menos lúgubres, y se reía (para no llorar). Al llegar a mi casa, cobró la tarifa: Bs. 100, unos $16 al cambio oficial, para un trayecto de 15 minutos hacia el centro de Caracas. Pago con el billete de máxima denominación de la moneda nacional. Dejando un hueco en mi cartera. De haber abordado una unidad de transporte público, el costo hubiera sido mucho menor (Bs. 4), pero no estaba dispuesta a apostar la vida en un viaje a casa. Porque como reza el dicho, “lo barato sale caro”.

Mamá llega más tarde, contando sus experiencias en su puesto de trabajo, donde ha sido desplazada, a pesar de su alta capacidad para ejecutar numerosas tareas y de cumplir con sus obligaciones por más de 25 años y tras varios gobiernos, por su posición política. Mamá es trabajadora de la Administración Pública, empleada por el Estado. Cuentos deprimentes, sobre como su jefa la ignora, la irrespeta, una joven mucho menor que ella, ni respeta que mamá es mayor en edad, aunque no en jerarquía laboral por cuestiones de “amiguismo”, mal crónico del trabajo en general en Venezuela. Seguimos conversando y sintonizamos algún programa de cable, que ahora nos ha dado por alternar con un canal nacional privado de noticias. “La situación” amerita nuestra permanente atención, hay acontecimientos en desarrollo a diario. Nos damos cuenta de lo agotador que es el país. Esperamos el paso de las horas hasta que bien entrada la noche, suspiramos con alivio cuando mi papá y mi hermano llegan a salvo de sus trabajos. Yo dedico unas de esas horas del día a leer Twitter, para enterarme de muertes violentas de ayer o anteayer, tan dantescas que Charles Manson queda en pañales al lado de estas atrocidades. Ver a diputados golpeados y narices fracturadas en la sede del Poder Legislativo por protestar contra el secuestro del foro de debate. Conocer que a un General (retirado) lo han puesto preso por denunciar irregularidades en la Fuerza Armada Nacional venezolana. Apagones en todas partes, siendo los tweets “se fue la luz #sinluz” de los que más frecuentemente leo en la línea de tiempo. Encontrando que en Maracaibo la gente se golpea por un kilo de harina de maíz precocida, o el cadáver congelado de un pollo. Fotos de colas eternas en los supermercados a nivel nacional porque “llegó el azúcar”, de gente marcada con números para que no compren más de lo que “les corresponde”. Colas de miseria. Colas de rabia, de tristeza, de hambre.

Y es que también comer, se ha convertido en un lujo, en un país que solía vanagloriarse de su café, su azúcar, su maíz. Su industria ganadera, el arroz, los vegetales. Venezuela es tierra fértil y la agricultura siempre fue fuente de orgullo, trabajo y potencial para desarrollar. Esa época se ha convertido en un recuerdo. La tierra está olvidada, los agricultores sin trabajo, sin recursos, sin producción. Tomamos café nicaragüense, leche boliviana, comemos carne y pollo brasilero, frijoles dominicanos, importamos maíz como nunca, el azúcar aparece de a raticos, los vegetales criollos son un lujo. Pareciera ser que el juego es, matarnos de hambre.

Bombardeo de noticias sobre las esquivas respuestas de los responsables a los múltiples, inagotables, imperecederos problemas de un país roto, quebrado por todos lados, sin un céntimo para financiar su salida del foso. Un país doblado de odio, de hermanos que perdieron la jocosidad de la calle por mirar siempre al vecino con miedo, o con rabia, porque piensa diferente. Un país donde pareciera que hasta “el presente” es una hipérbole, donde pensar en “el mañana” requiere cierto nivel de incredulidad en la crisis, donde el pasado pareciera borrarse por trozos inconvenientes, por verdades calladas, por gritos muertos. Donde el duelo esquizoide por un líder que nos heredó un caos imperdonable pareciera perdurar más allá de todas nuestras corduras, y trascender todos los problemas padecidos por el venezolano común, ignorado por el gobierno de “mientras tanto”.

Y sin embargo, tras todo esto, tras más de 2000 palabras del más burdo y escueto de los desahogos, yo me atrevo a pensar que en este parto prolongado, doloroso, inconsistente y caprichoso, hemos aprendido a respirar, a mirarnos a la cara y entender que estamos todos juntos en este “peo”, que la olla nos está cociendo a todos. Y de repente pienso que la calma es la mejor espada, la sonrisa el mejor escudo, la cortesía la mejor armadura, la cordialidad el mejor estandarte. Así salgo yo armada todos los días, a batallar por mi país. A evitar que la furia, la desesperanza y la incertidumbre me lo arrebaten de las manos. Porque, a pesar de todos estos males, y citando a @carlotasosa: “Yo soy VENEZOLANA, y de aquí ¡NO ME BOTA, NADIE!”

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Acerca de saraceci

I absolutely love Radiohead, except for "Creep". I'm conscious of how dangerous life can be, and yet I have no idea of how unbelievably dangerous it can get.
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