La Cola del Cometa

Cuando pasa casi un año sin entrar a este rinconcito de nada que es mi guarida gráfica contra los embates del analfabetismo funcional, es todo un logro de mi joven hipocampo, que aún recuerde al menos, mi usuario y contraseña. No boté la llave.

Ahora: aquí.

No tengo ganas de hablar de lo desastrosa que es Venezuela. Por ahí hay mucho experto en nada, semi-oncólogo graduado en la universidad nacional del chisme y la especulación, con una especialización en pseudo-politología sacada en una carnicería, y un PhD en rumorología de la politécnica de la habladera de gamelote. No, no, demasiado preparado por ahí que ayudará a dilucidar el meollo del asunto.

Tampoco hablaré de mis desventuras amorosas o mi oscilante síndrome depresivo subclínico, ni de como he aprendido a desconfiar hasta de mi sombra cuando se pone más clarita porque hay menos luz solar. Ya otro día lo emplearé para comentarles sobre lo que creo que es un incipiente trastorno de personalidad que no ha terminado de desarrollarse del todo, y tampoco sé si lo hará, por lo que  en este preciso momento, podría decir que me tiene “en ascuas”, como dicen por aquí.

Por supuesto que la cámara está abandonada. De no ser por el smartphone mi hobby de plasmar en fotos todos los momentos que (el hampa me permita) quiera recordar, creo que consideraría colocar a la fotografía, junto con la escritura (el desahogo verbal, la verborrea escrita, eso) entre mis entretenimientos moribundos. Pobre Zenit, ni porque logré demostrar que funcionaba, la seguí usando.

Los cometas tienen más tiempo para ociosidades, que esta pobre humana que no sabe administrar las pocas horas en este planeta. Me queda ver la cola del cometa pasar ligero y despreocupado, dirigido por la gravedad de una estrella o un planeta, sin temor a equivocarse de blanco o de sentido.

A veces, es necesario un sacudón. Cualquier índole es aceptable. Algunos buenos, otros mejores, aunque al comienzo, los vea como malos a todos. Es la gravedad acelerándonos de nuevo a tierra, porque una de esas maldiciones de la humanidad es su soltura a la hora de soñar, de atarse a la cola de un cometa inadvertido de nuestra impertinente presencia. Dejar el temor, y como dice Café Tacvba, dejarse caer.

No recuerdo la última vez que escuché mi canción favorita, o un hermoso concierto para piano, o un poema asimétrico, amputado en las esquinas del verbo y la insolencia del silencio. No recuerdo cuando comenzó a desinteresarme. Tampoco, de cuando terminó de hacerlo. Ahora, de vuelta al camino de la búsqueda de un reflejo decente para ponerle a las olas del mar.

Suelo terminar mis escritos con una única oración.

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Acerca de saraceci

I absolutely love Radiohead, except for "Creep". I'm conscious of how dangerous life can be, and yet I have no idea of how unbelievably dangerous it can get.
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