¿Por qué se van?

Algo haces, en algún momento de la vida, que dispara el origen de una idea altamente resistente (y poco contagiosa, para contradecir a Cobb). Es la idea más maravillosa que se te ha ocurrido en la vida. Es tan hermosa, llena de sabiduría. Sabes y aceptas con alegría a esta idea como el resto de tu destino.

“Voy a ser médico”.

Manifestar esa idea al mundo, trae consigo varias cosas inesperadas. Respuestas varias entre familiares y amigos, presión para obtener resultados académicos que te acerquen al ingreso a la universidad, expectativas y curiosidad por haber tomado semejante decisión. En mi caso, recuerdo el orgullo de mis padres y la disidencia de mis profesores, quienes me decían que ser médico en este país era una desgracia, que mejor cambiaba el rumbo e intentaba otra cosa. Eran los años de mi adolescencia tardía, comenzando el siglo XXI. Yo, sin embargo, decidí mantener mi rumbo fijo, mi meta en mi idea inicial (concebida en una muy temprana edad), y mi vida en mi futura carrera.

El primer día en la universidad es peor que el del colegio, porque aquí ya se sabe a lo que viene todo el mundo, o al menos eso suponemos. Luego se viene una consecución de humillaciones, decepciones, y descubrimientos sobre uno mismo. Amistades increíbles e inseparables, experiencias extraordinarias, anécdotas que pocos creerán, si logran tolerar vivirlas primero…

A mitad de la carrera, escogí iniciar mi formación hospitalaria en el hospital central de una de las zonas más periféricas y violentas de la ciudad. Allí haría mis estudios sobre semiología, cirugía general y clínicas, y lo más esperado por un estudiante de medicina: las guardias. Porque realmente, uno pasa 2 años aplastado en un pupitre sin entender bien para qué son esas asignaturas científicas sin tener contacto con un paciente. Y en el primer momento que uno pisa el hospital, investido con su bata blanca y su cara ingenua, lavada y joven, comienzan los problemas de desazón y desconfianza. Se aprenden muchas cosas por estudio, pero más aun por ensayo y error, por repetición y práctica intensa.

El hospital de guerra me abrió los ojos al mundo médico, al mundo del paciente viejo y pobre que no tiene suficiente para comprarse el tratamiento y llega cada cierto tiempo, con una descompensación aguda de alguna de sus enfermedades crónicas, acelerando un poco más la llegada de su muerte. El mundo de la madre de 15 años en su segundo embarazo, con un aborto previo, sin nombrar al padre del niño, asustada e insegura, que no comprende los riesgos de un embarazo a su edad o los costos de tener un bebé. De esa mujer ingenua que llega con la cara rota, sangrando, tras haberse “caído de unas escaleras”. De ese joven de 15 años, con 1-2-5-10-20-30 orificios de bala fenestrando su cuerpo, moribundo, que debió unirse a una banda para sobrevivir en el barrio.

El hospital, también me acercó al gran enemigo del sistema de salud: la desidia. Esa desidia del “No Hay” cuando uno de los médicos pedía una solución salina o una sutura especial, un antibiótico o una cama para hospitalizar a un paciente. No hay cupo, no hay tratamiento, no hay cómo. No habían muchas cosas, pero en esas guardias, lo que siempre habían, eran médicos que dieran la cara. Que se pararan valientes a hacer lo imposible, a inventarse soluciones de adhesivo y palabras, a combinar astucia con amor a la profesión para buscar el bienestar de los pacientes que pudieran abarcar. Siempre eran más los pacientes que lo que podían abarcar. Siempre han sido más los pacientes.

Esos médicos, que, yo no sabía hasta que lo viví: tenían días sin ir a sus casas a ver a sus familias, pasándolos en el hospital estudiando, viendo pacientes, resolviendo sus casos. Horas sin bañarse, sin una comida decente, sin dormir unas 6 horas continuas al menos, solo siestas superfluas que profundizaban la somnolencia acumulada. Haciendo lo imposible para mantenerse a flote, para que la carrera no se los tragara. Ellos buscaban una especialidad, y tendrían que soportar al menos 3 años de tortura, y en otros casos serían más, para conseguir una certificación que les permitiera trabajar enfocados en un área de la medicina, la que más les interesara, o la que más dinero les diera, o la que menos les disgustara. Los caminos que llevan a un médico a especializarse son muy variados y los rigen decisiones personales y enfoques moldeables y recambiables que cada quien va teniendo sobre la vida a medida que la carrera pasa.

En otra etapa, uno vive la medicina rural, la medicina ambulatoria “de pueblito”. A veces uno es el único médico (y aún no es médico, sigue formándose para ello) que la gente de un pueblo ha visto en mucho tiempo. A veces son años sin médico, suelen ser lugares muy pobres y aislados, a donde nadie quiere ir a vivir durante 4 meses, sin vestigios de “civilización moderna”. En otros lugares, más populares entre los estudiantes, los habitantes ya conocen la dinámica: los estudiantes están un tiempo, se van y vienen otros, y así siempre hay un “medicucho” en el ambulatorio para atender a mi bebé cuando tenga mocos y diarrea o cuando me duela un oído o me dé un infarto.

Algo cambió mientras yo estudiaba. Comencé a ver cómo los muchachos de generaciones superiores, que me habían ayudado cuando yo había llegado al hospital, ya mayores, se iban del país al graduarse. Yo no comprendía bien lo que pasaba, sólo oía sobre unos fulanos “STEPS” o un sutano “MIR”, sin entender muy bien de qué iba la cosa. Yo seguía estudiando y esforzándome para superar cada año, cada materia, cada parcial, cada revista médica. Buscando aprender para, en última instancia, no matar a un paciente con mi ignorancia e ineficiencia, y en el mejor de los casos, acertar el diagnóstico de una dolencia para, si el conocimiento me alcanzaba y no se me mezclaban los cables, recetar el tratamiento adecuado.

También vi el hospital donde estudiaba desmoronarse, al punto de no disponer de una sala decente de Radiología, y en mis guardias, recuerdo que le pedía a los pacientes que salieran del hospital, a una clínica privada cercana, para realizarse una radiografía de tórax o una tomografía, y que al tener la placa impresa, nos la trajeran para confirmar o descartar un diagnóstico. También vi como éramos cada vez menos médicos (en mi caso, pre-médicos) campeando contra el mismo número, mejor dicho, un número creciente de pacientes ávidos de atención de primera línea, que cuando llegaban al hospital, se encontraban con que no disponíamos, a veces, ni de gasa para curar sus heridas, mucho menos de soluciones yodadas o agua oxigenada, y el alcohol isopropílico era objeto de lujo. Cuando terminé mi fase hospitalaria, con guardias en el servicio de Medicina Interna, era un médico solo conmigo. Yo terminaba mis estudios para graduarme.

Al final de la etapa del pre-grado, de la que uno se gradúa de “Médico General” el panorama había cambiado mucho. La situación socioeconómica de mi país era crítica, la tensión era insostenible, y la profundización de un desprestigio acelerado hacia el gremio médico particularmente, se había apoderado del discurso del gobierno (aún de turno). Nosotros como estudiantes habíamos participado en marchas y protestas cívicas mientras nuestros profesores no nos amenazaron con reprobarnos las materias clínicas y teóricas. La medicina cubana, que había llegado al país de la mano de Chávez para quedarse, era una permanente amenaza de malapraxis que tendríamos que enmendar en nuestros centros de salud, bastante deficientes en personal y recursos de primera línea, o en algunos casos, recursos del todo. La sociedad estaba revuelta, pero sobre todo, en nuestra contra. O al menos eso parecía, porque más de una vez vivimos en quienes iban al hospital a recibir tratamiento, que terminaban amenazándonos de muerte, apuntándonos con un arma de fuego o agrediéndonos físicamente con sus puños, exigiéndonos que hiciéramos lo imposible, lo impensable, que dobláramos nuestro Juramento Hipocrático y nos calláramos las inconformidades.

Muchos se fueron al terminar un requisito legal que se exige para poder ejercer libremente la medicina, participar en actividades de investigación o estudios de postgrado (como los que hacían esos médicos protagonistas de mis guardias de estudiante), el llamado Artículo 8. Sólo se llama así entre nosotros. Pero ese es el número del Artículo de la Ley del Ejercicio de la Medicina que contiene las palabras clave para tener un futuro en el mundo médico venezolano. Quienes decidieron hacer su Artículo 8 y luego marcharse, así, lo hicieron con alguna esperanza de volver, para (de hacerlo) no tener un trámite administrativo más que solventar.

(Déficit de médicos alcanza 50% El Universal-Venezuela)

Yo me quedé, a vivir lo verdaderamente duro que es ser médico en Venezuela. Escoger un lugar donde hacer el “artículo 8” fue duro, la competencia era feroz para trabajar en un lugar con un buen horario, que permitiera complementar el salario con otro trabajo, preferiblemente en la esfera privada (y mejor remunerada). Y es que eso era para todo el mundo. Ganar un poco menos de $500 mensuales para un médico recién graduado es no menos que indigno. Fueron muchos años de tensiones e insomnio, sacrificio y humillación como para tener ese sueldo (y pasar los primeros 3 meses de trabajo sin cobrar un centavo). Ese era el sueldo público de un médico promedio. Ahora subió un poco más, con los “adornos” del llamado “bono nocturno”, un pago extra para quien se compromete a hacer guardias presenciales en un centro de salud.

Durante mi año de “Artículo 8”, ocurrió una pequeña burla, una “homologación” del sueldo público del gremio. Un artilugio para callar a los especialistas que aún trabajaban para el sistema público, que exigían un sueldo digno, como el de los especialistas de un sector privilegiado de médicos del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales. Al final, después de tantas raíces cuadradas y tantas multiplicaciones y divisiones, la promesa de un sueldo abultado se esfumaba con cada golpecito a la tecla ” = ” de la calculadora. Y así fue como, a los médicos desde hace ya caso 10 años, los tenían en ascuas, con la promesa de una reivindicación del gremio, un cambio, un vuelco, una mejoría, una mentira.

Ir a trabajar era cada vez más duro. Un paciente no te creía porque eras joven, con esa cara de muchachita, no mija, ud qué va a saber. Otro, porque eras un pesetero, eso dijo el Presidente, y los médicos venezolanos nos quieren quitar Barrio Adentro, apátridas. Otro, porque no sabía si eras cubano, esos cubanos están en todas partes desde hace tiempo y uno no sabe en manos de quién cae. Otro, porque no sabía si eras venezolano. Y así una larga lista de desconfianzas. Pero los pacientes siempre regresaban. Siempre habían problemas que solventar, Doctora, mi bebé no para de llorar y no duerme (acunando un bebé perfecto y dormido), Doctora, me salió esta roncha hace tiempo y no sé por qué me pica, Doctora, Doctora, Doctora.

Así pasaban los días o las guardias, hasta el día que cumplías un año y el Ministerio de Salud te certifica como médico al día con tus responsabilidades con el Estado. Luego, trabaja uno un poco en el sector privado, pero en dos, ó tres, ó más, o los que salgan, para ganar un poco de dinero y ahorrarlo, para comprar algo básico como un carro. Nada de independencia. Nada de relaciones. Algunos pocos alcanzan mantener noviazgos de años hasta el matrimonio. Otros muchos rompen vínculos de amor al poco momento de graduarse. Cosas de la vida.

Pero la medicina para un médico joven es un solo ejercicio: no comer, no dormir, no vivir, no casa, no familia, no saber nada del mundo. Sólo trabajar, sólo los pacientes, sólo una luz al final de un túnel muy largo. Sea la salida, la especialidad, la certificación, o alguna otra meta particular.

Lo que me impresiona, es la tergiversación. O la politización. O la perpetuación del “No Hay”, ahora desapareciendo hospitales completos mientras la gente sufre más y más la carencia de centros óptimos para recibir atención y tratamiento. La primera víctima que vi desvanecerse fue el hospital donde me formé. La segunda, el primer hospital de mi país, el Hospital Vargas, hoy en la ruina. Entrar en las ruinas y ver estampada la cara de Chávez por doquier, porque el director del hospital es simpatizante del gobierno, o simplemente para que le bajen los recursos necesarios para robar un poco y comprar otro poco de insumos de 5ta categoría, para crear la ilusión de que el “No Hay” es sólo una mentira de la canalla mediática, mientras unos pisos más abajo los pocos médicos en la emergencia o en la hospitalización (si hay), conversan con el paciente para que compre agujas, solución, el medicamento, y aquí se lo preparamos y se lo ponemos, señora, porque aquí no hay nada. O, en otro caso, pedirle a un paciente que se realice estudios altamente especializados, en una clínica privada e inaccesible para muchos pacientes del sistema público, porque aquí no los tenemos y para que allá salgan más rápido y así tengamos un diagnóstico apropiado para poner tratamiento. Y así todos los días, viendo a esa gente que no puede aspirar a una mejor atención, retirarse a mendigar en la calle para reunir el dinero necesario, derrotada por un sistema negligente que se vuelve la espalda sólo para pedirles un voto.

Una estocada mortal, fue la creación de un sistema paralelo de salud, que no acumula estadísticas (las inventa) ni tiene planes preventivos acorde con las realidades sanitarias de Venezuela. Otra fue olvidar la estructura sanitaria, porque por ser hija del enemigo, debía ser destruída, cosa que poco a poco han ido logrado. La otra: inventar del puro aire, una universidad que graduara Médicos Integrales Comunitarios que todavía aprenden a escribir, inicialmente para recetar en centros ambulatorios rurales pequeños, pero hoy por hoy usados para rellenar los agujeros enormes dejados por la carencia inocultable de médicos competentes y capacitados en los centros de salud urbanos, lo cual resulta altamente extraño, considerando que estos “médicos” no deberían emplearse ni para su fin inicial ni para el ulterior. Y que, además, sin ser especialistas (o si al caso vamos, sin ser médicos de verdad) sea mucho mejor remunerados (hasta 10 veces más) que un médico con altos estudios conseguidos en múltiples especialidades.

Triste momento, en el que las autoridades callan la crisis a ver si así desaparece (no crean ustedes que ofreciendo soluciones es que esto cambiaría), buscan voltear la realidad del “ruleteo”, de “me dieron el cupo para operarme el año que viene”, de “ese médico integral comunitario como que no sabe nada, me recetó Atamel para la tensión alta” que se vive en el ¿sistema? de salud pública en Venezuela. De muchas cosas que han mellado el ejercicio médico, entre el sueldo miserable, los jefes indolentes, los centros de salud acabados, entre un discurso de violencia, que acompaña un cheque quincenal que sigue siendo una burla, que no toma en cuenta la veintena de años de formación que un especialista soporta para graduarse, que lo arroja a un sistema prehistórico y servil, doblegado por la voluntad de un gigante rojo que alimenta con su ego todo un aparato de alta mortalidad. Quebrando poco a poco su vocación.

¿Por qué se fueron? ¿Por qué se van?

Y es que ¿les queda alguna duda?

Lo que yo me pregunto es: ¿Por qué todavía no me he ido yo?

Sara Cecilia – 07 de Septiembre 2012

Y aún me faltaron muchas cosas, vendrán después.

Anuncios

Acerca de saraceci

I absolutely love Radiohead, except for "Creep". I'm conscious of how dangerous life can be, and yet I have no idea of how unbelievably dangerous it can get.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s