Caracas, Ciudad Indefinida

[No acostumbro tomar el blog donde subo “mi arte” (disculpen, mojón mental) para elucubrar sobre otros temas que desconozco o manejo poco, como por ejemplo, mis impresiones sobre un video que sacudió las redes sociales y hasta cierto punto, mi conciencia. Hoy, sin embargo, lo haré. Y pido de antemano disculpas por los neologismos y modismos que pueden parecer detestables para más de uno por tratarse de atropellos al lenguaje.]

Suelo instalarme en Twitter, actividad religiosa para mí, para ilustrarme con algún nuevo suceso que poco a poco desintegra la dignidad de mi país. Porque Twitter en Venezuela se ha convertido, no en UN, sino en EL canal de información de cualquier venezolano con conexión a internet o al menos un teléfono con señal de datos y que quiera estar medianamente orientado con la actualidad nacional. Pero ayer pasó algo muy curioso, además de las trágicas noticias que ya se han hecho costumbre.

Mi “línea de tiempo” hervía con insultos a los caraqueños y a unos fulanos “sifrinitos”. Las cosas por su nombre. No entendía nada, porque aparentemente esto ya tenía tiempo rodando y yo apenas llegaba, en la noche. Luego de preguntar varias veces de qué iban los epítetos, me facilitaron la respuesta: un “link” a un video bastante desafortunado, sobre unos muchachos que muy osadamente lo catalogaron de “Documental”, el intento de unos post-adolescentes de plasmar lo que me pareció, o al menos yo quiero creer que era, su manera de ilustrar una problemática creciente en Venezuela: TODO EL MUNDO SE QUIERE IR O SE ESTÁ YENDO.

La infamia: “Caracas: Ciudad de Despedidas”. Aquí el link para los valientes. http://www.youtube.com/watch?v=GtHgMqtMHLo

Un formato: el video típico de Youtube, dura 17 confusos y muy mandibuleados minutos, con efectos de cámara que pueden alcanzarse hasta con un Smartphone avanzado, un poco desordenado y sin mucha cohesión. Eso no puede ni intentar ser un documental. Ahí va la primera bofetada a la inteligencia del individuo que la ve. Pero yo no soy cinematógrafa así que no me crean mucho los aspectos técnicos.

El contenido: las entrevistas a 7 post-adolescentes (es que ni veinteañeros) que, en el mejor de los casos, llegan a los 21 años, evidentemente procedentes de la zona “rica” de Caracas. Niños que apenas comienzan a experimentar esa necesidad de independencia, de crecimiento. Probablemente terminan sus carreras universitarias (y me muerdo los dedos para no ser prejuiciosa y colocarle a la idea la cola de “en una universidad privada”), y se encuentran con una realidad: quieren emigrar de Venezuela. Pero ni siquiera me parece que esa falta de cobertura o esa muestra insuficiente y sesgada sean el problema.

A continuación, las entrevistas, las ideas y “reflexiones” de estos chicos sobre lo que, según ellos, los impulsa a marcharse del país. Yo esperaba cosas como “las oportunidades de trabajo escasean”, “el acoso político es demasiado”, o cosas parecidas. El único argumento que me pareció valedero, “la inseguridad y la paranoia propia y de los padres”. Si hubiesen estirado ese punto al máximo, quizás no estuviera escribiendo esto. Pero luego, siguieron hablando. Y hablando. Y ahí fue cuando se encrispó todo y comencé a entender los insultos a los caraqueños que inundaban mi línea de tiempo más temprano.

Los chicos abusaron del castellano hasta más no poder, en un país donde eso pareciera ser un mandamiento de comportamiento social: “quien peor hable más respetado será” (?). Expresiones como “riesgo brutal”, “me iría demasiado”, “paranoia propia e inducida”, “yo soy del este del Este”, groserías, movimientos de mandíbula que distorsionan hasta lo que no se dice, y excusas muy inmaduras sobre su éxodo, hicieron sumamente difícil la tarea de terminar los 17minutos de video.

Cosas como “cuando llueve las alcantarillas se tapan y se forman lagunas”, “yo quiero salir a caminar y tripear a las 3am por ahí sin que me pase nada”, “ya no tengo amigos que conozco en Caracas porque todos se han ido”, “los caraqueños son desordenados mentales”, son la contraparte, el gran error. Supongo que deben ser reinterpretadas, reajustadas, moldeadas a lo que yo, como caraqueña de cepa y sin vergüenzas ni pasiones sobre mi gentilicio, necesito entender para no molestarme innecesariamente. Esconden denuncias de problemas como la mala planificación urbanística y vial, la falta de un transporte público que funcione ordenadamente a toda hora, la inseguridad impune, la soledad y el aislamiento impulsados por la paranoia que le impiden a los caraqueños interactuar entre ellos y conocerse y entablar amistades por miedo a exponerse a personas desconocidas, o el caos que se apodera de todos y cada uno de los habitantes del Valle del desastre, una anarquía egoísta imperativa para sobrevivir aquí.

No voy ni a hablar del segmento de “la fiesta de despedida”. Sólo diré que fue el fondo patético sobre el que se pintó todo un desastre audiovisual.

Lo más triste es que estos muchachos ni conocen la ciudad que mientan como “Ciudad de Despedidas”. Conocen un sector que ni pertenece geográficamente a la ciudad, que se sale de las faldas del Ávila. Y ellos mismos lo dicen, con una mezcla de tristeza e indolencia. Nunca indignación. Eso me impactó más que todo lo demás. Pero no me sorprende.

Hemos crecido bajo la premisa de que “si es de afuera, es mejor”. Desde el dólar hasta todo lo demás, estamparle un “IMPORTADO” a cualquier producto le daba más “caché” que un “Hecho En Venezuela”. Inclusive la educación y la formación eran mejores si eran afuera. Siguen siéndolo. Aprendimos inclusive, a rechazar lo venezolano que no fuera el Salto Ángel o la próxima Miss Venezuela. Seguimos pensando así. No nos tomamos la molestia, como venezolanos, de explorar para entender e impulsar nuestra nacionalidad más allá del cliché de “el país de las mujeres bellas”. Ya era natural que los venezolanos que pudieran, emigraran. La fuga de cerebros era otro fenómeno habitual durante los 90. Todos hablaban de eso pero nadie se tomaba la molestia de entender verdaderamente por qué la juventud se largaba (a veces para no volver) y se llevaba consigo la promesa de un país estancado en las vías del desarrollo, siempre esperando a alguien que le dé su respectivo empujón, a ver si comienza a acercarse al añorado primer mundo.

[Lamentablemente, Venezuela recibió ese empujón hace 13 años. Pero no avanzó, sino que comenzó a retroceder. Ya el deterioro es algo que se ha estudiado hasta más no poder. Todos hablamos solamente de eso. Se ha convertido en el tema de conversación de familias durante reuniones, al sentarse a la mesa, en el trabajo, en todos lados. Se ha convertido en la cotidianidad ya no tan extraordinaria de la que tanto se ufana este gobierno.]

Sin embargo, me atrevería a decir que el problema nacional no es gubernamental. Es cultural. O mejor dicho, sociocultural. Ya expuse parte de eso arriba. Tenemos un patriotismo de plastilina que nos sacamos del bolsillo para cachetear a quien decide emigrar y nos guardamos discretamente a la hora de impulsar el crecimiento del país y su sociedad. Seguimos ahogándonos en regionalismos absurdos como “los sifrinos caraqueños” que nos espetan en el interior como el tremendamente ofensivo “Caracas en Caracas y lo demás es monte y culebra” que los caraqueños orgullosamente le cantan a quien venga del interior del país. Todos desdeñan de todos. Ayer no fue una excepción. Y así no se hace patria.

De las diferencias de región nos vamos a las de clase, y vemos que el contraste es abismal, sobre todo en Caracas, donde todos se mezclan en una metrópoli desordenada, encerrada en límites absurdos, ruidosa, sucia, peligrosa y triste. Pero tiene algo, una perenne promesa de oportunidad flotando sobre ella, que atrae a propios y extraños a intentar tener éxito económico y a exitosamente sobrepoblarla y colapsar su capacidad urbanística. Y así es como la periferia de Caracas, sobre todo al Oeste, está habitada por sectores económicamente deprimidos y no menos inseguros que los del Este y el Este del Este, en este caso el Nor y Sureste, donde vive la clase “pudiente”.

Pero es una ciudad que ofrece de todo un poco. Y sigue teniendo algo que hipnotiza, que atrae con descaro a sus habitantes, a quedarse y, entre muchas maldiciones y odios, acabar queríendola por sus contrastes y su autonomía. Caracas, si tuviera que definirla, es INDOMABLE. Y esa es una realidad a la que hay que bordear, adaptar a nuestra necesidad y reorganizar.

El video, tras una muy desdichada careta que será tildada de clasista, ombliguista, miope y muchos otros adjetivos completamente justificados, plasma una realidad única: la juventud caraqueña, y la venezolana en general, se encuentra sin espacio para crecer, para desarrollar sus capacidades al máximo y explorar todas las facetas posibles de un ser humano en crecimiento y formación. La falta de oportunidades sumada al miedo por la inseguridad y la inestabilidad sociopolítica y económica que se agudizan en este momento histórico, casi eyectan a los jóvenes de su país. Y eso no puede ser condenado, puesto que es una realidad ineludible. Y sí, si yo pudiera, yo también me iría de Venezuela, sin caer en la deformación del lenguaje con el absurdo “me iría demasiado”.

Más que ridiculizar a los muchachos, sería bueno que nos sentáramos a pensar: ¿por qué seguimos haciéndonos la vista gorda con el problema de la emigración de la juventud? Una decisión tan tremenda, que implica abandonar tus raíces e ir a probar suerte en una tierra desconocida donde nadie te apoyará, donde siempre eres el “inmigrante” que va a robar puestos de trabajo a los nativos el país de elección. No es una decisión que deba tomarse a la ligera, o asumiendo que los resultados de dicha experiencia serán favorables. Es muy fácil satanizar a unos jovencitos que apenas aprenden a expresar sus ideas (de una manera fatal) y etiquetarlos, sacando a relucir lo que más detestamos del gobierno de turno.

Aprender que cerrarle la puerta a quien no ve futuro, en lugar de escuchar sus argumentos, es caer en el mismo costal de desintegración, y discriminación de nuestros enemigos ideológicos. Es el mismo fascismo que tanto tememos, dicho con otras palabras y saliendo de nuestras bocas en lugar de las suyas.

Un país se construye con ideas, no con imposiciones, vengan del bando que vengan. Espero algún día poder decir que no importa la postura política de quien sea, porque su aporte al país es más valioso que su aporte al partido político. Espero que algún día se acaben los sectarismos negativos, que se transformen en orgullo regional que permita a cada venezolano y extranjero que quiera conocer a este país, disfrutar de una saludable competencia para ver qué tiene de bueno cada zona. Y en todas las zonas, jóvenes promesas llenas de creatividad para resolver los problemas acumulativos a los que Venezuela pareciera ser incapaz de sobreponerse por sí misma o con el esfuerzo de unos pocos.

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Gracias por leer.

Sara Cecilia Altuna Mujica
Caracas, 04 de mayo de 2012.

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Acerca de saraceci

I absolutely love Radiohead, except for "Creep". I'm conscious of how dangerous life can be, and yet I have no idea of how unbelievably dangerous it can get.
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