Cuento Sin Título Ni Razón De Ser

Brotar de mí una imagen, como el agua de una fuente.

Una idea asómase a la estrechez de la realidad que no sentimos, que nos vive entre suspiros.

Niños llorando y madres rotas, hombres rojos que zanjan la vida y le abren la barriga. Discusiones y relámpagos. Silencio de los cómplices apáticos. Truenos, lluvia, barro, pérdida, rabia, fiebre. La fiebre. Los ojos vacíos de una mirada te quitan la razón, la vida, la razón de vivir, o vivir de la razón. Perder es luchar para ganar. La solución es rápida, una criatura soluciona problemas que no crea, y crea problemas que le ganan el abandono. Negligencia de la rápida solución que sólo enseña a odiar.

Otro muerto. Sumar 1 a la pila de ideas quebradas y abrazos perdidos. El método no importa.

Cruzo calles y esquivo esperanzas junto con miembros mutilados, cuerpos triturados, sangre espesa y miedos frescos en los ojos recién enucleados. Caras desorbitadas, gritos atrapados en las bocas abiertas. El sol, sin embargo, se niega a intimidarse. Hoy más que nunca acude a alumbrar con su seguridad de astro milenario y aniquilador. El calor es asfixiante, el olor a descomposición de estoicismos inunda las fosas nasales y quiebra las defensas más sólidas.

De repente me encuentro en una calle limpia, de asfalto blanco. Había caminado mil pasos de este pueblo, y no había visto nunca este camino prohibido, abierto ahora ante mí, dispuesto a resolver mi enigma. Mis pasos ensucian la calle, las huellas rojas delatan mi rastro. Al final se ve una pirámide, de caras irregulares, hasta parecen objetos apilados, apoyada sobre un gran muro. Llegué al final. Esta es la última calle. Aquí debes estar, fragmentado. Estaré alerta para encontrar una de tus manos separada en el camino. Extraño tu aroma, pero sé que te llevaron a tu muerte y no espero más que no encontrarte, para darle paz a los recuerdos y amarte en la memoria.

Un pañuelo en el suelo. Bordado de azul, con las iniciales “J. A. R.” se ensucia mientras el viento lo arrastra solitario y mugriento, sin embargo, no ha sido salpicado de sangre. No sé quién es JAR. Ni de quién era el pañuelo. Se suma a los recuerdos de otro tiempo, acumulados en mi mente y a veces, en los bolsillos de mi falda. Objetos ajenos que recojo en mis caminatas para que sus dueños no sean olvidados, aunque no conozca sus rostros. Sigo caminando, con el pañuelo ocupando un bolsillo, mi puño cerrado a su alrededor. Un guardia silba y yo lo ignoro. Él sabe que no debe mirarme, ni yo a él. Pasos firmes y rojos siguen manchando el suelo. El tacón detona un eco sangriento. Otro silbido. Me vuelvo y no hay nada, porque las sabandijas se esconden y planean la emboscada. La mujer que sigue ese camino sola, llama con vehemencia a su propia destrucción.

Me acerco cada vez más al monumento a la muerte. Del suelo asoma una triste esquina de una hoja de papel demasiadas veces pisoteada, enlodada. No comprendo cómo llegó aquí. Aún así no intento explicarlo. Al levantarme tras recogerla suena el tercer silbido, seguido de una detonación. Me detengo para censar cada recodo de mi cuerpo, constatando que estoy conciente y que nada ha cambiado. Probablemente un disparo al aire, advirtiendo. El próximo será en mi dirección, y esto sí me parece increíble. El poder del abandono ha tomado a estos hombres, borrachos de culpa y de instinto exterminador, ya no estoy segura aquí. Recuerdo tu abrazo y me tranquilizo. Debo encontrarte. Un uniforme flota a mi encuentro, preguntándose qué decirme, sudoroso, algo pálido, como si conociera mis intenciones, y supiera algo fundamental que a mí me falta saber.

El sol seguía cocinando a fuego lento todas las atrocidades de los últimos días. Había llovido durante la invasión del componente extranjero. Hicieron desastres, no sé por qué nos asaltaron de semejante manera. Tú dormías conmigo, escuchábamos la lluvia y nos abrazábamos aterrados. Yo te besaba con tanta vehemencia… como si ya supiera lo que viviríamos después. Entraron empapando y gritando órdenes en un idioma por nosotros demasiado conocido pero nunca articulado. Mi vida sencilla en ese villorrio no me daba oportunidades para recordar el pasado. Sin embargo, las petunias me impedían olvidar del todo. Esa tarde gris y negra, de hule, pólvora y terror, te alejaron de mí. Supieron mi pasado, me lo escupieron en la cara, “TRAIDORA!”, un culetazo seco en el cuello me dejó inconsciente. Cuando volví en mí, adolorida por todo el cuerpo, sangrando por varios orificios, fría y sola, maldije mi linaje. Y comprobé con miedo que ya no estabas. Los añicos no me agobiaron tanto como la cama vacía, donde, ocupando el lugar de tu cuerpo, había una mancha enorme de sangre aún fresca.

Me ardía el cuerpo, me hervía la sangre, se apagaba mi mente y yo tenía poco en qué ocupar ese momento. La lluvia cesó durante la madrugada. El sopor de la neblina me ayudó a pararme del suelo, lavarme un poco, vomitar varias veces y secarme las heridas de los labios que, por alguna razón aún desconocida, seguían sangrando. Sangre, sangre, sangre por todas partes. ¿Qué está pasando? El estallido de un tanque me trajo de vuelta. El edificio tembló y el candelabro se vino al suelo, despedazado por el impacto. La tina me abrigó mientras el villorrio se rasgaba bajo el paso feroz de los comandantes y su tropa confundida. El alba se asomó muy tenue, entre la neblina, el polvo, el silencio. No hubo rocío para las petunias esa mañana.

El hombre uniformado, demasiado alto, corpulento y empequeñecido al llegar ante mí, me mira con auténtico pánico en sus ojos. Le aseguro que quiero ver tu cadáver. No quiero herirlo ni hacerle mal. Su mirada suplica clemencia y perdón. No quiso pero tampoco lo impidió. Fueron 10 oficiales, él mientras tanto montaba guardia mientras otros tres te sometían. Me dejaron en paz cuando todos hubieron terminado, luego a ti… no quiero ni pensarlo. Cuando lo miré a los ojos sin rastro de rencor o algún otro sentimiento, accedió a ayudar. Te habían separado, yo iba por un camino errado. Me cedió el paso y comencé a caminar delante suyo, esperando en cualquier momento sentir la punta del fusil en mi espalda. Pero el arma no llegó. Nos alejamos lentamente de la pirámide de fragmentos humanos, resultados de los experimentos sangrientos.

Quiero ver tu cadáver. Quiero enterrarte en paz. Sé que sigues aquí. La gente no desaparece a menos que dejemos de pensarla. Camino sorda a lo que sucede, ya no oigo más silbidos, sólo los pasos del uniformado tras de mí, cerca. El bosque gris, seco y otoñal, más a tono con el pleno apogeo de la guerra. La felicidad del cielo azul contrasta ridículamente con los árboles secos. Es absurdo que haga un día tan hermoso en un lugar tan desolado. Encontramos un cobertizo en medio del bosque, tan obvio que todos debemos haberlo ignorado. Ahí había una silla sola. Sobre la silla, una carta.

El puño que se asió sobre la pluma para escribir las cortas y forzadas frases, sin duda, fue tuyo. “Estoy bien, moriré pronto. Mi cuerpo no puede más, necesito salir  como sea de aquí, y no me molestaría hacerlo como un espectro. No volverás a verme, ni muerto. Probablemente descuarticen mi cuerpo vivo y repartan las piezas a los lobos. Te amo, hagamos nuestro el jardín de petunias, aunque mis favoritas siempre fueron las rosas rojas. Olvida el pasado pero no me dejes ir.”

Miro al guardia y doblo nítidamente la nota, inyectándole lo que me queda de horror y furia. No puedo partir con este demonio en el pecho, ahora tú te encargarás de él. Salimos en silencio, no tengo dirección a donde ir. El tren. Necesito salir de aquí. La costa quizás, pero ese clima es fatal para petunias y rosas. Tengo que volver a las ruinas, a recoger el macetero de las petunias, ahora probablemente hechas polvillo. Las rosas las plantaré cuando consiga las semillas. Pero primero, debo salir de aquí.

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Acerca de saraceci

I absolutely love Radiohead, except for "Creep". I'm conscious of how dangerous life can be, and yet I have no idea of how unbelievably dangerous it can get.
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4 respuestas a Cuento Sin Título Ni Razón De Ser

  1. Ed JL dijo:

    Estabas cansada en esa guardia…

    Oye… también eres humana.

    Ed.

  2. saraceci dijo:

    Nunca lo olvido, aunque a veces no quiera.

  3. Dan dijo:

    Qué viveza. Y viveza al escribir también.
    Lo sentí como una posesión. Digo, todo esto tiene que haberte poseído para poder comenzarlo siquiera.
    Besos.

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